domingo, 10 de julio de 2016

El arte del sado feliz





   Lo hago porque me hace muy feliz. Esa es la respuesta directa que doy cuando tantas veces me encuentro frente a un menú de preguntas ajenas que buscan entender como es esto de la pasión que me despierta el sado.

   Desde adolescente, comencé a  sospechar la existencia de una maravillosa levedad en mi conexión física con el sexo que no tenía que ver con el tradicional final de la telenovela de la tarde. Mis mariposas no movían las alas cuando escuchaban el Te amaré toda la vida y después el beso. Yo quería más, yo fantaseaba con un jardín tropical de gineceos ardientes.

   Nadie me lo enseñó directamente. No había enseñanzas para una chica adolescente en Buenos Aires a principios de los ochenta. Lo viví porque sí. Claro que tampoco había traumas ni abusos ni mucho menos programas de TV plagados de recetarios eróticos. Yo me fabricaba mis propias novelas: eran más sádicas e inmorales que las oficiales, más embarcadas en la femineidad provocadora y más coqueteadas desde la sensualidad de la deliciosa belleza superflua. Y allí todo era perfecto. Esa era mi fórmula de la felicidad. Mientras muchas de mis congéneres contemporáneas buscaban la felicidad en otros puertos, llamemósle el verso novio - dependiente, en mi barco la sexualidad femenina sin límites era el Norte que me guiaría al pleno gozo de la vida.

    La búsqueda del amor siempre trae implícita cierta cuota de dolor, yo lo buscaba como tantas otras pero también quería vivir el placer crudo. Siempre puse mi goce egoísta adelante de todo. Un psicólogo (o tal vez una feminista) diría que obro guiada por una cabeza que funciona como si yo fuera un macho humano. Primero está la cama; si me gustás, veremos lo demás. La cama no es sólo el coito, que a veces parece ser el único momento sexual definido cuando las mujeres hablan de sexo, sino todo el universo de sensaciones placenteras que se desata cuando mi cuerpo se encuentra con otros cuerpos humanos. Mi innato gusto por el sexo lésbico nació de descubrir que las chicas brillamos porque nuestro cielo está repleto de constelaciones erógenas. No hubo rebeldías ni traumas en ese descubrimiento. Sólo una feliz comprensión de la carnalidad humana. 

   Hay que ser audaz para avanzar y no lo digo con arrogancia sino con la enorme fatiga que conlleva haberte hecho tu propio camino hacia la felicidad desde un cuerpo biológico de mujer con una mente jodidamente perversa. Ojalá pudiera llorar al ver el último capitulo de la cursilería del culebrón o emocionarme con algún baladista latino. Pero no aguanto ni el primer bloque ni la primera estrofa, ambos siempre cargados de lugares comunes. Ojalá pudiera encontrar satisfacción donde la encuentra la mayoría de las mujeres que me rodean. Mis frases son las clásicas de los cabarets, de los boliches ochentosos, de los levantes y de los piropos callejeros. Por eso las siento auténticamente mías. Desbordadas de groserías y de glamour al mismo tiempo, son mi irresistible canto de sirena. 

   Así es como me pongo las baterías de la aventura, de larga duración y que me producen descargas intensas. Me peino la melena, me pinto las largas uñas del rojo más putón, los labios de gloss rosado y ornamento mis pies con unos pumps de tacón alto que me complican caminar pero me dan placer. La sonrisa de Bettie me ilumina. El potenciómetro de la felicidad se corre a full.  Si me masturbo, lo palpito como el goleador del gol número cien, si lo hago con otra mujer es una experiencia para atesorar en mi galería de arte erótico, si lo hago con una chica cross lo siento religión y si lo experimento con un varón esclavo Femdom, es una clase culinaria propia de un gourmet sexual. Si no lo vivo así, me sabe a aburrimiento; a la vida sexual la sigo respirando a través del arte del sado feliz. 









6 comentarios :

  1. Muchas felicidades y atentisimos saludos

    con el afecto y el respeto de siempre

    Commendatore

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  2. Desde luego es una satisfacción tenerlo tan tremendamente claro.
    Me alegro por usted.
    Mis respetuosos saludos.

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  3. Con tus relatos siempre me haces acordar a bailar en Saint Thomas. Que épocas aquellas de ir a bailar para seducir, sabiendo que caminar entre los que te tocaban la mano para sacarte a bailar era un placer y amablemente decir no, hasta que el que ya una había elegido cayera a los pies sacándole a bailar, creyéndose el el que te eligió.
    Que placer preparar la ropa el sábado a la tarde pensando en me visto para matar.
    Y eso no sen pierde. Se lleva dentro.
    Como siempre, excelente tu blog.

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    Respuestas
    1. Vivimos una gran época en los 80's. Creo que fue la ULTIMA GRAN epoca de la seduccion femenina. Vestirse para matar..las chicas de ahora tambien lo hace pero es más para ellas mismas que para seducir. Es distinto.

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