martes, 8 de noviembre de 2016

La silla de la Venus vs el BDSM protésico



  


   El gran B.B. King decía que el blues es como la comida del sur de los Estados Unidos. Un tradicional plato sureño lleva muy pocos ingredientes; el arte del buen cocinero radica en saber combinar esos ingredientes en la cantidad justa y en el momento justo. Al igual que el blues y que la cocina sureña, la dominación femenina también requiere de muy pocos ingredientes básicos y la gracia de la dominadora es saber combinarlos para generar una armonía y así lograr que el ritmo del sexo fluya placenteramente. Anoto lo imprescindible: mujeres dispuestas al goce, belleza fetish en los accesorios, un ambiente libre de interferencias y una silla o sillón.

   En el rincón opuesto de la dominación blusera, tenemos a la cumbia villera del BDSM escaso de femineidad y carente de suavidad aterciopelada. Una sala de sesiones debe ser un lugar oscuro y desagradable, poblado de estructuras rígidas, amenazadoras, metálicas, frías, donde lo importante sea la demostración virtuosa del dominio de una técnica. A veces sonrío imaginando a sus constructores; esos artesanos con alma de herreros frustrados, expresando su incomprendida vocación mediante el armado de instrumentos misteriosos y cuasi aterradores gracias a los cuales suponen que lograrán la atención de las damiselas presentes y a la vez lucirse frente a otros dominantes. Mi amigo Hugo, a.k.a El Sombrerero, con su particular sentido del humor, definió a este mundo como la dominación protésica. Los artefactos son las prótesis sin las cuales parece que no hay forma de dominar ni de someterse ni de gozar.

   No puedo dejar de recordar experiencias en sesiones colectivas en donde sólo eran necesarias algunas sillas (definidas siempre, medio en serio medio en broma, como los tronos de las Diosas) en donde las damas nos divertíamos permitiéndonos el goce de volver a ser niñas, jugando sádicamente con las criaturas sumisas y disfrutando de sus miradas cargadas de sometimiento que sólo expresaban gratitud por el momento que estaban viviendo. Recuerdo también como me molestaba esa ferretería extraña que sólo me servía para apoyar cosas, toda esa chatarra más propia de un gimnasio o de una industria y totalmente ajena a la singularidad imaginativa que intentaba alcanzar.

   Cuando digo singularidad, lo hago afirmando mi rechazo a cualquier forma de mecanización o colectivización del sexo. Un aparato cualquiera está diseñado para ser usado por cualquier usuario; todos lo usan igual. En el caso del sexo, se supone que todos van a gozar igual. Esto es BDSM, hagamos fila para usar el aparato, tengamos placer sexual en línea de producción. Mi dominación es lo opuesto e irradia el perfume de lo singular puesto que si soy Yo quien marca el ritmo de la acción, sólo a Mí me corresponde la selección, el mezclado y la dosificación de los ingredientes y no al anónimo fabricante de un aparato, a los que tantas veces maldije cuando alguna de sus patas abulonadas me hacían tropezar, estropeando la gracia del contoneo en las botas de tacón que había seleccionado especialmente para esa noche singular de placer y seducción.

   B.B. King será por siempre el Rey del Blues y el rey sabía lo que decía. En sus orígenes, el blues era una música compuesta con pocos acordes (casi nunca más de tres), de ritmo lento y acompasado, que buscaba inspirar un sentimiento antes que demostrar virtuosismo. Aquellas dominantes que sólo aceptamos la sumisión cuando es un sentimiento, cuando es la respuesta emocional genuina a nuestro poder sádico, no necesitamos que ningún inventor nos diseñe artefactos que requieren un manual de instrucciones para virtuosos de las técnicas. A Mí me basta con elegir algunas de las prendas fetish de mi vestidor, cerrar la puerta para evitar intromisiones de gente extraña y una simple silla, que va a ser mi trono de Venus. Esos son los tres acordes de mi dominación. 





4 comentarios :

  1. Buenas tardes,
    totalmente de acuerdo.

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  2. Hermoso texto! Muy bueno! Tuve la suerte de conocer en persona a esa especie de saurio negro con manos gigantes, vestido con traje que parecia hecho con cortinas de la sala de estar llamado B.B. King. Le hice (hicimos) un reportaje capturando su enorme ternura, su estilo sureño de blues que lo rodeaba en sus modales , la gente que lo rodeaba y protegia en ese concierto en Obras. También su show era típico de esa onda: la banda que lo acompañaba toca algunos temas para calentar el ambiente y luego sube él. Lo únic que no pude entender es como tocaba su Gibson 335 negra (Lucille) con esos 5 porongos negros y gruesos. Un sabio, porque sabio se és por descuido.

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    Respuestas
    1. Yo lo pude ver la ultima vez que vino a la Argentina. Fue maravilloso. Se le notaba la edad en algunos punteos pero tocó con un sentimiento único. Tengo una hermosa anécdota de ese show en el Luna Park. Al terminar el ultimo bis, me acerqué al escenario y logré que el REY me haga dar por uno de sus asistentes una pequeña placa de bronce que es un souvenir de aquella gira. LA GUARDO ENTRE MIS MAS PRECIADOS RECUERDOS

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